La culpa y las víctimas

Bueno, venga, vamos a ver… vamos a sentarnos a tomarnos una cervecita y así nos tranquilizamos un poco. En ese estado queColapsooo! ! !

tienes ahora mismo de culpabilidad, de negativismo total, no tienes luz suficiente como para mirar a medio metro de ti, por tanto, las soluciones ahora mismo son utopías. Plantéatelo asi, la culpa no sirve de nada, la culpa sólo te constata una actitud, una situación. Según tú tienes la culpa, pero eso no te ayuda ni te perjudica.

Además, tampoco quiero que te conviertas en el mono llantitos, el que parece que lo soluciona todo a base de decir: «sí, cariño, lo siento, tengo la culpa…», cuando quizás no la tengas. Una cosa es ser humilde, buena gente, santurrón, lo que quieras, pero otra es que te me vengas abajo, y te me hagas el víctima, que no hay peor situación de denigración de tu propia personalidad, que convirtiéndote en víctima de todo. Los víctimas de todo tampoco solucionan nada. Las soluciones deben ser lo más ilimitadas que se puedan, y si hoy te haces víctima pueden ocurrir varias cosas:

  1. Que te encante vivir toda tu vida, y puede que más allá, como un victimita, siempre llorando por las esquinas
  2. Que un día de estos estés hasta las pelotas de hacer siempre el mismo papel en esta comedia de tu relación, y la explosión sea de aúpa, la definitiva, la bomba atómica de tu pareja

Tú decides, amigo. La verdad que más opciones sí que las hay, pero todas se resumen en estas dos, como los diez mandamientos.

El victimita y su dolor

El víctimita eterno es el tío más miedica y cobarde que existe sobre la faz de la tierra y de los nueve planetas juntos. Con esto te lo digo todo. Toda la culpa es suya, y no gana nada con ninguna de las culpas. No es que sea un santo, es que es tonto, te lo digo yo. Su personalidad equivale a la de una hormiga, si la hormiga estuviera muerta claro, porque si está viva, tiene mucho más personalidad que el victimita. Es el clásico toro de cuerda, con perdón y sin él, al que le atan una maroma en la cabeza, y va de un lado para otro según marca el viento de la culpa. Tiene los rincones de su casa anegados de tanto «dolor victimita», con lo que siempre va con los zapatos mojados, y eso hoy en día, ya sabes que cuestan muchos resfriados y dolores de cabeza.

¿Para qué echarse siempre la culpa de todo?. Porque es un cobarde que no sabe afrontar una discusión civilizada de pareja, porque no sabe expresarse en otro tono que no sea el defensivo, porque eso de «lo siento, lo siento y lo siento» es un tratado mnemotécnico que ya se le ha insertado en los esquemas de su cerebro, y no lo puede soltar. Y se piensa que esa actitud es positiva para su relación, cuando, lo único que hace, es llenar el globo, y más, y más, y más, hasta que un día, ese «lo siento» lleve consigo la explosión de todos los sentidos.

Porque está claro. Tú imagínate que tu pareja sea la victimita de la relación. «Lo siento, cariño, es culpa mía», una vez… «lo siento, cielo, tengo la culpa», dos veces… «lo siento otra vez, es que siempre tengo la culpa» seis mil millones doscientas mil veces… Seguro que hasta te entrarán ganas de decirle: «Joder, cariño, déjame al menos tener la culpa una vez a mí, ¿no?». La cuestión no es ver quién tiene la culpa en tal o cual situación. Esa no es la cuestión. La culpa debería jugar un papel mucho menos fundamental en nuestra relación. Sólo debería ser una especie de firma final, pero de la que apenas hacemos caso. Lo que importa sería el texto en sí, los momentos anteriores.

El destino y los medios

Porque, para llegar a un destino, hacen falta unos medios. Si yo, viviendo en España, quiero llegar hasta Colombia, necesito tomar un avión, eso está claro. Es decir, en el caso que nos ocupa, los medios deberían ser más importantes que la culpa o el destino final. Y en este sentido los medios son los condicionantes que nosotros ponemos para que, un hecho negativo que haya ocurrido en nuestra relación, no se recuerde mañana como aquel hecho en el que tuvo la culpa uno u otro. ¿No sería mejor recordar la conversación que mantuvimos para solucionar el problema?. Claro, siempre que la conversación sea civilizada, déjate de recordar cuando tu vecina tuvo que venir para preguntaros si aquellos gritos eran por algo, o el sonido de platos rotos…

Claro, aquí viene lo bueno, te estarás pensando. Aquí viene el intríngulis, el meollo de la gracia. ¿Cómo mantener una conversación civilizada cuando los ánimos, después del hecho, pueden estar algo agitados?. Los victimitas tendrían clara la respuesta: «Yo por tal de no escuchar a mi mujer, o por tal de que no nos peleemos, le digo que yo tengo la culpa». Habría que analizar si esta respuesta sería idónea o no. Yo la considero una salida cobarde, una vía de escape para no afrontar el momento más duro de la etapa. Es como si en plena ascensión del Tour de Francia empieza a llover, y tú dices: «Yo mejor me retiro». Así no ganarás nunca una mierda, chaval.

Hablar no es discutir: el éxito de nuestras diferencias

Lo primero de todo: hablar no es discutir. El victimita de antemano ya está firmando la pelea, la discusión, ya se está adelantando a las circunstancias. ¿Acaso es un Séneca de las relaciones y las conversaciones?. Ya hemos visto que no. Es lógico que, donde hay amor, las cosas duelan más que donde no lo hay, y seamos más proclives a la discusión con nuestra pareja, nuestros padres, que con cualquiera. Pero, y aquí entra lo segundo: lo que nos hace daño no son las diferencias que podamos tener ante un hecho o una situación, sino la forma en la que la comunicamos a nuestra pareja, a nuestros padres. Las discusiones se asemejan mucho a la montaña y los alpinistas. Comienzan en la base, y terminan convirtiéndose en una escalada que, o bien puede ser de improperios, o bien puede convertirse en una subida mítica hasta la cima del éxito y la comprensión. Tú decides.

Por eso, en cualquier discusión, no te hagas el victimita. El victimita no conoce ni parece querer conocer lo que le duele al otro. Simplemente quiere terminar ya con esto porque le molesta (encima, egoísta). Una buena discusión es aquella en la que, incluso en tus propias aseveraciones, en tu propio punto de vista, incluyas el punto de vista del otro. La conversación, se supone, que es para solucionar un tema, no para encontrarle más diferencias, ¿no?.

Así pues, ya sabes. No te tomes esto como una pelea. Respira a menudo en tu «discusión», escucha bien, que parece que en estos casos sólo escuchamos lo que nos conviene o lo que queremos oir. Repítete como un mantra interior que esta discusión es para solucionar, no para agrandar diferencias. No huyas tampoco, cobarde, no te asocies ya la culpa a los dos segundos, victimita, ni tampoco se la lanzes a tu pareja como un watusi, con violencia. Y oye, tampoco finjas, es decir, tampoco hagas como el que aquí no ha pasado nada. ¿Quieres pan para hoy y hambre para mañana?.

Soluciones, ya te lo he dicho más de una vez. Aquí buscamos soluciones. Si quieres encontrar diferencias, si quieres tener toda la culpa, toda la culpita del mundo, ya sabes. Mejor pásate por otra página, porque, los que estamos aquí, no perdemos el tiempo en otra cosa que no sea en crecer como personas.

4 respuestas a «La culpa y las víctimas»

  1. les ablo por que mi hermano fue victima del bulling por sus gafas y qui ero aser carme a el pero no medeja a sercarme cadabes que quiero aser carme no medise que meballa pero sola quiero a yudar nomedeja si saben algo de este virus el bullyng

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