Deshaógate

DeshaógateVenga. Desahógate. Suelta todo eso que tú dices que te quema por dentro, toda esa muralla a la que tú llamas mierda y no sé cuántas cosas más que ya sabes que no me gusta oírte. Porque cuando te desahogas te pones de un humor de perros, de lobos y hasta de elefantes, ¿lo sabes?. ¿Porqué no te desahogas con más ritmo?, ¿porqué no lo haces con un poquito más de cuidado?. Ya que dices que es fundamental desahogarse, hazlo sabiendo cómo te desahogas. Lleva tú el ritmo de tu desahogo, que no te controle.

Grita sintiéndote libre

Venga. Desahógate. Poquito a poco. Procura gritar menos para fuera y gritarte más interiormente a ti mismo, que se note que llevas el cronómetro de tu desahogo. No te sientas que esto es como una jerarquía. No intentes seguir unos pasos establecidos, ni unas pautas. Siéntete libre en tu desahogo, no te reprimas nada, el control lo marcas lentamente. Así… venga… procura que eso tan tradicional y que tanto usas de «vaya mierda de vida, y todo esto es una putada» y otras mendas lerendas similares salgan cada vez más tarde de tu boca. Esto es un desahogo, no la constatación de ninguna catástrofe. Esto es una liberación interior, no la siembra paulatina de la próxima ruina que te vendrá en diez minutos.

Venga, vamos. Suéltalo todo. Para un poco y analiza todo lo que has soltado y lo que te queda dentro. Mira la cantidad y la calidad de tu desahogo hasta ahora. ¿Cómo lo ves?, ¿te está sirviendo de algo?, ¿crees que esto es verdaderamente un desahogo como Dios y como tú mandas?, ¿o es una mierda de rabieta y un pataleo infantil que sólo te llevará a pensar «bueno, al menos me desahogo…»?. No, chaval, desahogarse no es sólo desahogarse, no te quedes en el primer peldaño de la escalera si quieres ver el edificio entero. Desahogarse es soltarlo todo, claro, pero a ver dónde lo sueltas y cómo lo sueltas. A ver cómo te quedas luego, y este luego es de duración ilimitada, a ver qué haces con todo lo que has desahogado.

Tu desahogo es tuyo

Porque eso sí, ¿qué hago con todo lo desahogado?, ¿qué me dices a esto?. Porque todavía recuerdo la última vez que te desahogaste. Prácticamente decías lo mismo que estás diciendo ahora. O sea, que aquel desahogo retrocedió y volvió de nuevo contigo, ¿no?. ¿Para qué entonces aquel desahogo?, ¿pan para hoy y hambre para mañana?, ¿es eso lo que buscas en tu desahogo?, ¿es eso?… Por eso mismo te digo, amigo, analiza tu desahogo, siéntate con él y si hace falta escríbelo antes de soltarlo. Como si fuera un guión: voy a soltar que todo esto es una mierda, mi trabajo es horrible, no tengo amigos, la vida es la puta más grande de la humanidad… Lo que quieras, dí lo que quieras, la palabra es tuya, tu desahogo es tuyo, y tu vida es tuya para insultarla como te dé la gana.

Pero analízalo, hombre, no pierdes nada. ¿Tiempo?, ¿pierdes tiempo?. Si me acabas de decir que la vida es una mierda, ¿no?, ¿qué cojones te importa entonces el tiempo?. Vamos venga, yo sé que tú sabes cómo hacerlo, yo sé que tú estás deseando empezar a desahogarte, a derramar de ti toda esa porquería que ni Dios sabe cómo se te metió dentro. Grítate hacia dentro, deja esos insultos para más tarde, procura también, con el tiempo, ese tiempo que nos importa lo que te he dicho antes, que a medida que te desahogas vayas intercalando pequeñas soluciones a los conflictos, a las preocupaciones, a esa mierda que estás soltando ahora mismo. Tienes que ser el arquitecto de tus desahogos, el ingeniero, el maestro, la profesión que quieras. Pero no vuelvas a dejar que esos desahogos sigan corriendo como almas que lleva el diablo. Tus desahogos no sólo deben ser un escape limitado, una prórroga en tus preocupaciones. Lo que quieres son soluciones, ¿no?, o al menos, construir la carretera hasta ellas.

Bueno, ¿qué me dices?. Desahógate. Llama a un amigo y suéltale todo, sabiendo soltarlo. O escribe tu desahogo y mandáselo a quien sea. No te puedes ni imaginar la cantidad de desahogos que sobrevuela el mundo. No te puedes ni imaginar la cantidad de desahogos bien hechos que vas a hacer a partir de ahora. Tómatelo como un dibujo. No sigas repitiendo el mismo desahogo. Procura que el próximo sea una obra maestra y genuina.

Y al terminar tu desahogo, siéntate a contemplarlo. Es tu obra. Y recuerda, respíralo… vale la pena.

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